André Malraux planteó hace años un interesante lugar común al decir que el cine es tanto el séptimo arte como la enésima industria. Éste no es el momento más adecuado para hablar de la enésima y poderosísima industria, aunque esa sea la perspectiva que domina la opinión pública. Hoy se tiende a aceptar que una película es buena cuando tiene grandes audiencias –y por tanto, grandes ingresos económicos- en el fin de semana de su estreno. Eso es interesante desde la perspectiva industrial, pero desde ahí cuesta cierto esfuerzo llegar a hablar de las virtualidades artísticas del cine, y por tanto de los resquicios trascendentes que tiene toda buena película.
Es posible que un planteamiento directo como éste, haga que no falten personas que piensen que interesarse por la trascendencia en el cine es algo tan sublime como utópico, algo así como buscar una aguja en un pajar, teniendo en cuenta los cánones vigentes en el panorama en la industria audiovisual. Espero mostrar que –a pesar de todo- este asunto es algo ordinario, sin demasiados ribetes de sublime utopía.
Para hacer justicia a esta cuestión, conviene establecer dos etapas en su elaboración, jalonadas por pasos sucesivos. La primera es la más larga, y supone dar razón de la existencia efectiva de esos resquicios trascendentes, adentrándonos en una pacífica revisión académica del ámbito de los llamados “pactos de lectura”, para ver qué acciones implica un encuentro personal con los textos cinematográficos. Al asomarnos a los mundos posibles que ofrecen las películas, unas veces comparecemos como simples personajes-espectadores y otras incorporamos también nuestra condición de personas. Estos encuentros son esforzados y de resultado incierto, aunque cuando se producen entre personas y películas de envergadura cultural y artística, de ordinario proporcionan gozos y horizontes vitales duraderos.
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Posted by: Augusta25Long | December 06, 2011 at 10:38 AM