Es acertado el diagnóstico de Hannah Arendt sobre buena parte del siglo XX, cuando dice que hemos vivido y vivimos “tiempos de oscuridad” . Son tiempos en los que, mientras se observa que el sentido del mal se convierte en algo banal , aparecen síntomas de búsqueda –o de nostalgia - de la trascendencia. En esta tesitura resulta igualmente acertado el tratamiento que Arendt propone, al sugerir que la iluminación necesaria para ver en estos tiempos proviene menos “de teorías y conceptos” y más “de la luz incierta, titilante y a menudo débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y en sus obras” .
En este contexto tan sumariamente descrito, se sitúa el propósito de esta comunicación: utilizar la luz propia de la doctrina de uno de estos hombres, Josemaría Escrivá, para iluminar un peculiar asunto oscuro de nuestra cultura. Se trata de mostrar que es razonable buscar hoy, según el uso que Josemaría Escrivá hace de la expresión “ahogar el mal en abundancia de bien”, un sentido trascendente para la noción aristotélica de catarsis.
Es ésta un efecto que los poetas griegos buscaban producir (según las pasiones de temor y piedad ante la presencia del mal) removiendo el corazón de sus conciudadanos, en el teatro. Y cuando las gentes acudían ahí, lo hacían en la esperanza –consciente e inconsciente- de encontrar con la tragedia un sentir y un saber vital que iluminara e hiciera justicia tanto a su identidad personal como a su condición de ciudadanos.
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