El “framing” es una operación en la que el sentido de las palabras no sólo designa el sentido de las cosas de las que se habla, sino que “orienta” o “encuadra” ese sentido, al atribuir y obviar unas u otras cualidades de las cosas. En casos extremos –pero no raros ni lejanos- se llega a manipular, tergiversar o a secuestrar la realidad, separando sofísticamente lenguaje y realidad, y planteando la realidad como una estricta categoría lingüística .
Pero el “framing” no es de suyo un uso nocivo, perverso o manipulador del lenguaje. Es más bien algo connatural al lenguaje, que –por ejemplo- permite ir a la sustancia del asunto sobre el que se habla, a la vez que se manifiesta el propio modo de entenderlo. En este sentido, he de advertir que aquí hablaré sobre todo –como veremos enseguida- a propósito de una de las enfermedades nativas del “framing”, el reduccionismo referencial, más que de sus cualidades salutíferas. Y puesto que urge decir qué se entiende por “framing” , sin explicar que es un paso adelante en el proceso de “agenda setting” o de “agenda building” en el espacio público, ético-político , pienso que lo mejor es acudir a un ejemplo, sin por eso minusvalorar nuestra capacidad de abstracción.
Supongamos que formamos parte de la tripulación de un barco. Una mañana el contramaestre nos dice “hoy, atentos al humor del capitán”. Esto es “agenda setting”: destacar y plantear un asunto público de interés común. El “framing” aparece si el contramaestre nos dijera “hoy el capitán está sobrio”. Es una frase aparentemente inocua, incluso parece una descripción “positiva”, bienintencionada, de un estado de cosas. Pero resulta ser, sobre todo, una acción que fija en nuestra mente la idea de que el capitán no está de ordinario sobrio. Y esto sucede con independencia de que el capitán sea o no un borrachín.
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